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Archive for January, 2010

Note: This entry is a Spanish translation of an earlier post.  Nota: esta entrada es una traducción de la original: Are you there Guadalupe? It’s me Miranda.)

Primero que nada quiero ofrecerles una disculpa por no haber escrito en mi blog últimamente. El día esperado, me desperté convencida de que mi hijo, por ser mitad Mexicano, no iba a llegar a tiempo.  De acuerdo a eso, empecé a escribir una entrada en mi blog llamada:  Ahorita es ya, pero a veces es más tarde. Pero, antes que pudiera subir la entrada, ¡el chamaquín decidió aparecer! Solamente llegó una hora tarde, y me tiene bien ocupada desde entonces – pero ya estoy de vuelta.

Virgin Guadalupe, Patron Saint of MexicoEstoy llegando a pensar, con respecto al día del parto, que posiblemente Guadalupe me debía unos favores, fui una muy buena persona en mi vida pasada o algo así porque resultó absolutamente increíble. Aparte de que mi trabajo de parto fue muy corto, (5 horas y cuarto en total) las cosas salieron casi casi iguales a como yo las había imaginado.  (Bueno, de como me sentí, eso no me hubiera imaginado. Pujar para sacar a un bebe del tamaño de una sandia por una abertura del tamaño de un limón es una tarea pesadísima. La verdad es que era el dolor mas fuerte que he experimentado en mi vida, pero lo logré.)  Era impresionante, bello, y vigorizante. Y yo sé sin duda que lo haría de la misma manera otra vez. Pero vamos a regresar al principio.

Siempre había pensado que el día que diera a luz, me iba a levantar sabiendo que ése sería el día. Pero me equivoqué. El día de mi parto, amanecí como si fuera cualquier otro. Estuve un buen rato en el mercado y después hice una gran olla de caldo de pollo, cosa que no hago muy a menudo y por lo cual mi madre Judía estaría muy orgullosa. Mientras calentaba el caldo, una de mis parteras, Cristina, vino a la casa. Platicamos un ratito y después de una revisión, me dijo que yo tenía un centímetro de dilatación. Normalmente toma varios días para que una mujer vaya de 1 a 10 centímetros. Entonces, Cristina asumió que el bebé no llegaría hasta el fin de semana. Sabiendo eso, Miguel y yo decidimos pasar un día normal. Comimos con un amigo. Tratamos de tomar una siesta, pero no podíamos dormir. Planeábamos ir a ver la película CHE esa noche después de mi clase de Yoga prenatal.

Unas horas después, me encuentro en medio de la clase en mi pose favorita, La Guerrera, inhala y exhala, aprieta y suelta y trabajando con unos músculos que ni conozco. Esto me hace sentir muy bien.  Después de una hora de estar practicando, empieza la relajación. Todas estamos en el suelo, meditando mientras la maestra Lauren (también una de mis parteras) recorre el estudio untándonos un poco de aceite a cada una en nuestras nucas. Cuando es mi turno, el instante en que ella toca mi espalda, con el más mínimo roce, siento que algo TRUENA dentro de mi vientre y una vibración se extiende desde ese punto hacia mi cabeza y todo mi ser se estremece. Oh. My. God. Aquí viene.

OM Trato de mantenerme lo mas calmada que puedo mientras cerramos la clase con tres OM. El resto de las Yogis embarazadas se despiden de mi regalándome sus bendiciones, suertes y sonrisas.  Afuera del estudio está Miguel esperándome. Son las 7:45pm. Sin importar que tengo cuatro contracciones allí mismo, Miguel y yo decidimos continuar con el plan de ir a ver la película. Pues, supuestamente la primera etapa del trabajo de parto es muy lenta y una debe hacer cosas normales para que pase el tiempo.  Así que comenzamos a caminar al cine.

No pasan ni cinco minutos cuando nos encontramos en mi área verde favorita de Oaxaca: El Jardín Conzatti, estoy abrazando uno de los árboles, rezando por mi vida. Cuando vienen los dolores, yo absolutamente tengo que estar abrazando el tronco de un árbol, alcanzando las ramas con mis manos y jalándolas hacia mí. Respiro vigorosa y rápidamente. Uf. Uf. Uf. Después de unas cuantas repeticiones de esto, Miguel se da cuenta de que los enamorados que ocupan las bancas del parque no nos quitan la vista de encima y probablemente sería mejor irnos de allí. Además solo pasan cinco minutos entre una contracción y la siguiente. (Miguel llamó a nuestra otra partera, Cristina, quien le dijo que debería tomar el tiempo entre contracciones.) En eso yo digo: “Espera, espera, ¿Cinco minutos? ¿Estás seguro? ¿No es eso cuando en todas las películas las embarazadas tienen que parar a un taxi e ir corriendo desesperadamente al hospital a gritar y pujar y dar a luz?” Pues si, así es. Mi instinto me dice: Vete a casa. Vete a casa, el CHE va a tener que esperar.

Para llegar al lugar donde siempre pasan los taxis, tenemos que caminar unas cuadras, cruzar dos parques y… Ups! ir a un mercadito. (Acabamos de darnos cuenta que hay unas cuantas cosas que no tenemos para nuestro parto en casa). Todo el tiempo quiero estar abrazando a mis queridos árboles. Odio todo lo que no tiene que ver con la naturaleza. Me enojo cuando tengo que pasar una contracción enfrente de una pared cubierta de grafiti. No quiero estar cerca de la gente tampoco. Solo de Miguel. Miguel y la naturaleza. ¡Ah! y quiero caminar en el césped. Ignoro esas estúpidas señales que dicen NO PISAR EL PASTO. Hay una espiral de pasto y en su centro crece un arbolito. Quiero dar vueltas allí. Vueltas y Vueltas. Paso por dos contracciones en la espiral e inmediatamente nos trepamos al primer taxi que va pasando.  El conductor nos quiere llevar al hospital, pero nos vamos a casa.

parque llano

Cuando llegamos a casa, Miguel y yo nos desconectamos por un rato. El está ocupado tratando de llenar la tina de parto que instalamos hace una semana. Yo estoy tratando de preparar dos videocámaras (la chiquita y la grande profesional.)  Necesito cargar la cinta, montar un micrófono, establecer la hora y ajustar el “white balance”. Sin embargo, las contracciones me desconcentran sin cesar.  ¡Andale Miranda!, Me digo. ¡Haz hecho esto más de mil veces! Pero estoy súper distraída. Por otro lado, Miguel se da cuenta de que no hay suficiente agua para llenar la tina. (A diferencia de NY, donde hay un suministro de agua infinito que viene de quién sabe dónde, acá en México tenemos tinacos que hay que llenar cada tres semanas y precisamente el día de hoy, el nuestro está vacío. Llenarlo toma mucho tiempo y regularmente la primer descarga de agua resulta venir turbia. No es el agua de mejor calidad para dar a luz). Miguel me dice que hay que desistir de la idea del parto en agua y yo decido dejar de lado la posibilidad de usar la cámara grande. Estamos de acuerdo. Preparo la camarita y voy de vuelta a mis contracciones.

Quiero cambiarme de ropa. Hace calor. Quiero ponerme una de las camisas blancas de Miguel, la que usó el día que anunciamos nuestro compromiso. Quiero estar en cuatro puntos con una almohada bajo mis rodillas y mis manos en el frío azulejo que cubre el suelo. Necesito agua. Recuerdo la historia de mi madre cuando yo nací. Ella estaba en un hospital, en una cama, recostada en su espalda por once horas sin agua. No puedo imaginar como lo logró. Si alguien me dice que no puedo estar en cuatro puntos, ¡lo mato!. No puedo creer qué tan seguido vienen estas olas. Tampoco puedo creer cómo el dolor desaparece completamente entre contracciones. Me doy cuenta que de esto se trata el mero milagro de dar a luz: tengo descansos de verdad entre contracciones. No es como otros tipos de dolores, que comienzan fuerte y así se quedan.

Quiero que Miguel esté junto a mí durante cada contracción. Lo llamo. Viene de inmediato, se arrodilla a mi lado. Respira conmigo. Lo quiero con todo mi corazón. Me acurruco en su cuello. Lo abrazo. No puedo creer que esto está sucediendo. Me trae un mango y un vaso de agua. El mango aun no está maduro, sabe un poco ácido, pero es delicioso.

Nuestras parteras, Cristina y Lauren han llegado. Son como las 9:30 pm. Las abrazo. Sus sonrisas son cálidas y me confortan. Me hacen sentir segura y fuerte. Traen maletas y preparan mucho equipo. Me revisan y dicen que tengo 8 centímetros de dilatación. ¡No pueden creerlo! Me recuerdan: “¡Esto es lo que querías, Miranda! ¡Vas a tener tu parto como querías!”  Estoy emocionada, pero el dolor es muy intenso y no puedo hacer más que concentrarme en lo que está pasando ahora mismo.  Miguel dice, “¡Casi lo logras!” y le digo, no digas eso, no digas eso, no digas eso.  Quizás aun no me lo creo.

Me dan ganas de bañarme. El agua caliente se siente rico. Me ayuda a relajarme. Mis piernas dejan de temblar. Me siento en éxtasis, hay tanta adrenalina, serotonina y oxytocina corriendo por mi ser. De pronto el agua caliente se acaba y salgo de la ducha tiritando de frío. Cuando agarro mi bata de baño, descubro el cinturón que forma parte de la bata. Me doy cuenta de que esto es perfecto y lo cuelgo de un gancho en el baño, lo jalo con las dos manos y me preparo para la ola que viene.

Me encanta este cinturón. Lo cuelgo de las perillas de las puertas, me arrodillo y jalo hacia abajo. En algún momento trato de sentarme en la silla de parto pero no me gusta como se siente, es muy grande para mí, y no quiero sentarme. Vuelvo a nuestro cuarto. Estoy en mis rodillas al pie de la cama y dejo caer mi torso sobre la misma. Me aferro a los lados de la cama y cierro mis puños cada vez que una contracción aparece. Sé que no debería hacer esto, estoy resistiéndome, tengo que soltarme y encausar las olas hacia abajo. Lauren me guía, me recomienda bajar la cara hasta que mi barbilla toque mi pecho, relajar la parte superior de mi cuerpo, liberar las tensiones, y canalizar las olas hacia abajo. Cuando finalmente logro relajarme, puedo sentir la diferencia, puedo sentir como mi cuerpo se abre. Puedo sentir que mi hijo se mueve hacia abajo.

Las siguientes dos horas son indefinidas. Me convierto en mi YO animal. Soy puro instinto. Gateo por el piso como un felino. Sollozo, sollozo desde mis adentros. Abrazo a Miguel por largos ratos. Grábame, le digo. A veces me duermo completamente entre contracciones. Le hablo a mi bebé, ven chiquito. Siento la presencia de alguna energía divina en el cuarto. Me recuerdo que hay otras 200,000 mujeres en el mundo haciendo esto mismo, ahora mismo y que yo puedo hacerlo. Quiero llorar, porque me duele, pero no puedo juntar las lágrimas necesarias, y no importa porque acá viene otra ola. ¡Me lleva la chingada!, Grito. ¡No puedo hacer esto! “Claro que puedes” me dice Miguel.

En algún momento las parteras dicen que debo ir al baño porque vaciar mi vejiga hará mas espacio para que el bebe se mueva hacia abajo. Voy al baño con Miguel. Estoy en la taza, pero de pie. Me quedo ahí por tres intensas contracciones. Al fin de la tercera, siento un dolor nuevo, un dolor diferente. El llamado “Anillo de fuego”. Había oído acerca de esto. Es una sensación que arde, el resultado del estiramiento que ocurre cuando el bebé se empieza a coronar.

Salgo del baño y le digo a las parteras acerca de este nuevo dolor. Ahora sí quiero sentarme en la silla de parto. Estoy en el pasillo. Estoy a punto de dar a luz en el suelo del pasillo. Cristina me mira a los ojos y me dice, “Ya viene tu bebé.” Ella toma un espejo y le enseña a Miguel que la cabeza ya se comienza a asomar. Las dos parteras me preguntan si quiero tocarla, pero les digo que no. No. No. No quiero tocar la cabeza. Les creo.

Le digo a Miguel que acomode la cámara para que grabemos este momento. Me dice que prefiere estar presente conmigo. Insisto que vaya a poner la cámara encima de una mesa enfrente de nosotros. “¿Cómo esta la toma?  ¿Me puedes ver?”  Ahí estoy, produciendo mi parto a pesar de todo. La cámara está grabando.  Miguel vuelve a mi lado. Me preparo para lo que viene, mi mano en su rodilla.  El está conmigo – junto a mi lado. Estoy lista.

Pujo. Uno. Dos. Tres veces. Y nuestro hijo se une a nosotros.

lafamiliasun

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